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Máscaras desubicadas, por Rubén Sánchez Domínguez, en La Opinión de Zamora, 16/02/2020

La Opinión de Zamora

Máscaras desubicadas: de los peligros de la descontextualización de las cosas

Si reducimos una manifestación cultural a un desfile de "caretos", no servirá para nada

Rubén Sánchez Domínguez, 16.02.2020 

Máscaras desubicadas: de los peligros de la descontextualización de las cosas J. L. F.

Cuenta el dramaturgo Peter Brook –Premio Princesa de Asturias de las Artes 2019– (en su magnífico ensayo sobre la interpretación y el teatro, "La puerta abierta" –2002–), acerca de una demostración de teatro Ta'azieh en un festival: "Los espectadores, que habían venido a ver una linda pieza de folklore, estaban deleitados. No se dieron cuenta de que se los había engañado, y que lo que habían visto no era Ta'azieh. Era algo bastante común, bastante carente de vida, que no tenía ningún interés real y que no les aportaba nada. No se dieron cuenta porque lo que vieron les fue presentado como "cultura", y cuando terminó, los oficiales sonrieron y todo el mundo muy contento los siguió al buffet".

El año pasado el mal tiempo impidió la celebración del XI Festival de la Máscara, encuentro que, con diferentes denominaciones y promotores, se ha venido desarrollando en la última década en Zamora. Sin embargo, el pasado día 8 de febrero en Bemposta, – del "Chocalheiro"– se celebraba el II Encuentro de Rituales Ancestrales. Evento que recogía el testigo del VII Encuentro de Máscaras organizado en Mogadouro (a tan solo 27 km de Bemposta), el 28 de diciembre del pasado año y precedía al que volverá a reunir a diferentes mascaradas en Palacios del Pan a finales de este mes, con motivo del Día del Centro de Iniciativas Turísticas (CIT) de Zamora. Citas que se suman a una larga lista de eventos que replican en diferentes lugares y sin demasiada reflexión previa, el mismo formato.

Es curioso, pero hemos pasado de no hacer el más mínimo caso a una de las manifestaciones más singulares de nuestro acervo cultural, a incluirlas hasta en la receta del arroz a la zamorana. En los últimos años hemos visto a carochos, caretos y zangarrones en todo tipo de actividades de promoción y difusión (ferias de turismo -en las que se pasean entre profesionales del sector repletos de bolsas con folletos y catas de productos-, magostos –donde sirven de entretenimiento previo a la degustación de castañas–, y encuentros de todo pelaje –en los que se codean con gigantes, cabezudos, grupos de águedas, bandas de cornetas y tambores, churras y merinas–). Hasta hemos podido verlos animando, cual mascota de empresa patrocinadora, pruebas deportivas como el cross trail que vampiriza el nombre de uno de ellos: el "ZangaRun".

Asumamos, y vamos con mucho tiempo de retraso para hacerlo, que el Carnaval como concepto –y por ende las mascaradas–, han muerto, tal y como ya sentenciaba el antropólogo Julio Caro Baroja, en su libro "El Carnaval" (1965). El profesor seguía la estela de Jean-Richard Bloch quien ya había declarado la defunción de la fiesta en un ensayo publicado en 1920. El argumento es sencillo: las mascaradas han muerto porque la sociedad que las sustentaba –y daba contexto–, ya no existe.

Aun así, me parece muy lícita la conservación, estudio y difusión de lo que quede, e incluso la recreación –con toda su problemática y complejidad–, de aquello que existió y se perdió en un momento dado. La promoción y, hasta si me apuran, la "venta" o explotación turística de la cosa es positiva siempre que se haga desde el sentido común. Ahora bien, en este proceso no vale todo, y debemos ser capaces de asumir y prever los peligros de convertir estas manifestaciones culturales en un mero producto de escaparate con el que comerciar. En el ensayo citado, Brook ya advirtió de los riesgos que entraña enlatar rituales teatrales o parateatrales (que esto –y no otra cosa–, son nuestras mascaradas de invierno), en un contexto ajeno y burgués. Y estos festivales que se han venido celebrando en los últimos años, ofrecen unas mascaradas en conserva: un producto enlatado, descontextualizado -y a veces hasta prostituido- por unos intereses habitualmente ajenos a ellas.

No dudo de las buenas intenciones de promotores, organizadores y participantes, ni tampoco de que estos últimos puedan encontrar positivo mostrar con orgullo uno de sus tesoros culturales. De cómo en una mascarada (de las de verdad) me confundieron con uno de esos promotores y casi me parten la cara les hablaré en otra ocasión; aquello fue una anécdota sin importancia –sobre todo porque gracias a Antonio Pinelo Tiza terminó bien–, pero que nos habla de cuestiones básicas que tienen que ver con el respeto y con la gestión de las cosas en las comunidades rurales, y de lo mal, que se hace con mucha frecuencia.

En cualquier caso, lo que es evidente es que los objetivos de difusión y promoción turística de estos eventos no se cumplen adecuadamente. En primer lugar, sabemos menos de mascaradas que cuando apenas les hacíamos caso. Si hacemos una encuesta rápida al azar, la gente nos hablaría de caretas, cuernos, cencerros y que sus personajes tiran cosas o atizan con instrumentos raros, y por desgracia nos contarían poco más.

En segundo lugar, cuando voy de mascaradas tampoco veo a mucha más gente tratando de conocer las fiestas en su contexto, es decir, en su lugar y a su tiempo (y en ocasiones mucha de la que veo no termina de saber comportarse correctamente). No me entiendan mal, no pretendo regresar a esos tiempos en los que apenas íbamos cuatro románticos (como Miguel y Manuel Montalvo, Guti, Miguel Quintas, Joyco, Carlos Piñel, Antonio Redoli, Florián Ferrero, Concha Ventura, Elisa Gallego, José Manuel P. Matellán, Bernardo Calvo, Antonio Pinelo Tiza, Claudio de la Cal, Carlos G. Ximénez, Roberto de la Torre y algunos más que seguro me dejo y que espero sepan disculparme). Pero, vistos los resultados, y si el objetivo de estos encuentros es favorecer el turismo festivo en estos pueblos, se está errando el tiro.

No pretendo afirmar que un encuentro, bien proyectado y con unos objetivos de divulgación serios, no tenga cierto interés (que no compitiera en fechas con las celebraciones reales sería un buen punto de partida). Incluso que sea positivo por las ventajas que supone encontrarse, conocer y reflexionar juntos. Pero, si lo reducimos a un desfile de "caretos" con el que cubrir un día de programación pseudo-cultural, no servirá absolutamente para nada. Además, con frecuencia, en este tipo de eventos tan solo se presenta una parte de la celebración, reducida a mero pasacalles. Sin duda es la parte más visual de la fiesta, pero desubicada, deslocalizada, despojada del espíritu y el contexto que le es propio: su paisaje cultural y humano, en definitiva, la estructura misma de la sociedad que la celebra y la dota de sentido.

Sigue diciendo Brook sobre el ritual "enlatado" que describe en el ensayo con el que comenzábamos estas líneas: "(...) sus protagonistas -los actores-, no se habían preguntado que se esperaba de ellos, por qué y para quienes lo hacían. Nunca se formularon estas preguntas, tal y como dice el maestro, porque a nadie le interesaba la respuesta (...)". En otra ocasión –narrada también por el maestro–, esta vez en una muestra de Chauu de Bengala en un teatro "(...) los actores hacían lo mismo que en su pueblo, pero el espíritu ya no estaba presente. No quedaba más que un espectáculo. Un espectáculo sin nada que mostrar (...)". Algo parecido sucede cuando convertimos nuestras mascaradas en mera comparsa festiva, que las transformamos en espectáculos vacíos sin nada que mostrar.

Si lo que se promociona y difunde se reduce a eso, la poca gente que, llamada por esta promoción, acuda a estas fiestas, pensará que la fiesta se reduce a eso. Y a buen seguro –y toda la culpa no será suya–, que no sabe comportarse adecuadamente durante el ritual. Y ya para rematar están los fotógrafos, los malos -hay muchos buenos-, ávidos por conseguir una instantánea convenientemente atávica; susceptible de vender una imagen irreal (y casi siempre falseada), pero encantadoramente rústica de este nuestro particular Lejano Oeste. Son aquellos que disfrutarían si los pocos habitantes de estas comarcas siguieran siendo aquellos pintorescos campesinos que se encontraron los viajeros europeos del siglo XIX. Rurales (como el maestro de "Amanece que no es Poco" de Cuerda), rudos, atrasados, pobres, con vidas miserables pero perfectos como modelos rústicos para ganar el "World Press Photo".

No todo ha sido negativo en este proceso, y ahí están las buenas prácticas que en este sentido llevó a cabo la Obra Social y Cultural de la antigua Caja de Zamora (pionera en la difusión de estas y otras muchas cuestiones –y germen del actual Museo Etnográfico de Castilla y León–), o acciones de divulgación como las emprendidas por el citado museo, este periódico y algunos centros educativos; también la puesta en marcha del Museu Ibérico da Máscara e do Traje, o el trabajo de la Academia Ibérica da Máscara, presidida por Antonio Pinelo Tiza, y a la que me honro pertenecer.

Soy consciente que el ciclo navideño (en el que se celebran la gran mayoría de estas fiestas), es un periodo complicado para moverse. Pero irse de mascaradas siempre es una buena opción para celebrar de otra forma la Navidad –o para huir de ella–; Ya sea en Zamora o pasándose de la "raya" en Tras-os-Montes, el "reino maravilloso", de Miguel Torga, las buenas gentes de esta Iberia maltratada demostrarán que no nos equivocamos.

La máscara es tan antigua como las caras que oculta, a las que transforma y sustituye. Primitiva como el hombre que la creó para ser otro; ancestral como el deseo de someterse a la voluntad ritual de la existencia, nos conecta con un horizonte tan lejano como desconocido; fetiche entre lo sagrado y lo profano, metáfora de rostro, que permite una transformación que va más allá de la mera ocultación: la disolución del yo en otro yo simbólico.

Los personajes de las mascaradas nos miran fijamente, predispuestos a un diálogo cara a cara, y nos invitan a una contemplación activa y libre de prejuicios. Reducirlas a sus valores estéticos sería condenarlas a un exotismo reduccionista y castrante. Hace años que se pretende la declaración de las mascaradas ibéricas como Bien de Interés Cultural (BIC), o como Patrimonio Mundial de la Humanidad. Bien está, siempre que no olvidemos que estas declaraciones son fundamentalmente medidas de protección. Pues protejámoslas, pero en primer lugar de nosotros mismos. Si no tenemos esto en cuenta, no tardando mucho las convertiremos, tal y como profetizó D. Julio para el Carnaval en "una mera diversión de casino pretencioso".

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